Por: Esteban Aguirre
@panzolomeo
“La generación DIY ( Do It Yourself o Hacelo vos mismo, en castellano) será la gran sobreviviente y emergente de esta cuarentena”, narraba el hilo conductor del asado digital que tuve la semana pasada. En las pantallas titilaban imágenes de parrillas lejanas y verdades retóricas. “Es alarmante el momento que estamos pasando como humanidad”, era el tono de la comunicación en este grupo de amigos que alguna vez compartió una amena ronda de tereré.
Hablábamos de la reconversión conceptual como camino viable. Convertir hoteles en sanatorios momentáneos, restaurantes en experiencias de deliveries didácticos; el patio en el kokue de la casa, los hogares en aulas. En pocas palabras, convertir empatía en la nueva economía de confinamiento.
Hablábamos también de ellos, de nuestros hijos, una generación que tal vez debería rotularse como centennial. Una generación que recibe una involuntaria bofetada de ausencia de educación que obliga a las propias instituciones públicas y privadas a, irónicamente, reeducarse en un mundo que las sorprendió ya digitalizado.
La palabra tutorial define mejor a esta generación llamada DIY, la cual se viene autoinstruyendo desde hace ya tiempo (desde aprender a tocar la guitarra, hervir un huevo y maquillar al perro hasta aprender basurear al abuelo en ajedrez). Ellos son los antagonistas de los milennials; son los que van a contramano, de futuro a pasado, cansados de que el hermano/a o primo/a mayor esté viviendo el mundo con un espejo en la mano en forma de selfie .
A ellos les toca la patada en los “hueves” de tener que vivir una cuarentena a días de ese hito histórico: El primer día de clases de aquel triunfal primer grado. Están revueltos en sus casas, ajenos a esa Pascua en la que ya escondés y encontrás los huevos, en la que ya empezás “a pillar lento” las cosas.
Soy un hombre separado que disfruta del regalo que la tecnología me da: poder ver a mi hijo diaria e instantáneamente. Y debo admitir que aunque me emocione verlo crecer en vivo o desde mi celular, verlo regocijarse por poder encontrarse media hora en Zoom con tres de veintitantos compañeritos, me rompe el corazón. Así como verlo correr por la sala mostrándoles su casa a los amigos en tiempos de primeras pijamadas.
Un cóctel molotov de emociones muy pesadas para digerir de un tirón. Esa sonrisa llorona que te sorprende y no sabés muy bien si disfrutarla o temerla. Es la cara que ponés cuando se te cae la ficha de que estamos criando a nuestros hijos y cuidando de nuestros padres en alguna versión no oficial de la tercera guerra mundial. Una guerra que es científica y médica, y los soldados que glorificamos y celebramos, son doctores y enfermeras.
Ellos son la generación que vino a enseñarse. Dejemos que se instruyan a ellos mismos, compartiendo con infantil curiosidad las preguntas: “¿Qué pa lo que hacemos ahora?”, ¿Cuál es la siguiente jugada?, ¿Por dónde van los tiros? “Primero la vida y después habrá tiempo para recuperar el bolsillo”. Esta fue la mejor manera en que, con mi hijo, bajamos a tierra esta frase, como ansiolítico a este incierto y ojalá pasajero momento.
Ellos tienen razón de estar enojados en un momento en que su edad les regala felicidad. Los parques de su infancia tienen hamacas sin mecerse. El fierro frío y estático sujeta la madera de manera muy parecida a esta guerra que existe entre humanidad y economía, entre ciencia y comercio, entre “pienso y luego existo” o “tengo y existo luego ”.
Ellos tienen razón de estar rabiosos, de buscar independencia digital en su aprender y acción social al volver a reunirnos de manera analógica como sociedades locales y mundiales, comunidades y familias que hoy extrañan un buen abrazo. Ellos nos regalan la mirada más humana de esta deshumanización digital que ya veníamos viviendo, o mejor dicho, muriendo.
Ellos son la independencia, radical y analógica. Piratas digitales de seis años que entre un buen chocolate frío a la mañana y un “me quedé dormido en el sillón, jugando” a la noche, van a revolucionar el mundo, una pregunta a la vez.
Ellos son los centennials.