La tea blender argentina Inés Berton, fundadora de Tealosophy, visitó Paraguay para realizar una exclusiva cata de té donde recorrer los perfumes de cada rincón del planeta.
Texto: Micaela Cattáneo
@micaelactt
Fotografía: Cristóbal Núñez
Su vuelo para Asunción salía muy temprano esa mañana, venía de Punta del Este. Inés, horas antes de su arribo en Paraguay, había visto el atardecer en José Ignacio, un pueblo de Uruguay que recibe turistas exclusivos. Allí observó al sol esconderse y al mar y la arena acompañar esa escena. Ahora, a casi 24 horas de ese momento, recuerda cuán maravilloso fue el perfume de ese paisaje. “En mi diario escribo mucho aromáticamente”, revela.
Inés Berton es una tea blender argentina, experta perfumista especializada en cosechas de té, que descubrió el mundo de los blends a los 20 años, mientras trabajaba en el museo Guggenheim de Nueva York. “En el subsuelo había una tienda de té a la que iba siempre a preparar blends para tomar. Me ofrecieron trabajar ahí y fue donde conocí a mi mentora y gran maestra, Fumiko”, recuerda.
En 2001, luego de trabajar para varias marcas de té, decidió fundar su propio emprendimiento de blendspremium: Tealosophy. Y abrió su primera tienda en el barrio de Recoleta (Buenos Aires, Argentina), donde ofrece más de 100 variedades de té. “El té es un lenguaje. Eso lo aprendí de mi mentora japonesa. Ella me decía que para que un té sea honesto tiene que tener ingredientes puros, nobles, y es esa búsqueda la que te lleva a un viaje de experiencias únicas; al cítrico mediterráneo, a la manzanilla egipcia, al azahar paraguayo, entre otros”, menciona Berton.
La agencia Boarding Pass la invitó a nuestro país para que lidere una cata exclusiva para mujeres, donde les enseñe sobre las sensaciones y los aromas de las mejores infusiones. Para este evento preparó un blend exclusivo, el cual fusiona peras de otoño, ramas de canela, cardamomo, jengibre y almendras tostadas. “Lo pensábamos como un viaje con un tesoro escondido”, comenta.
“Yo creo mucho en la filosofía de ‘caminá el camino’, es decir viajar, conocer, dormir bajo las estrellas, etc., porque son experiencias que no encontrás en los libros sobre el té. Es ahí donde entendés que el aroma es una palabra, y el perfume, literatura. Pasa como en los viajes, hay veces que volvés queriendo escribir un libro y otras en las que volvés con muchas valijas de shopping”, señala.
Foto: Cristóbal Núñez.

La vida en esencias

Inés, nacida en Buenos Aires, vuelve a su infancia a través de los aromas. Su niñez tiene el perfume de las tostadas que sentía al volver de la escuela y de los eucaliptos envueltos en un repasador y abrazados por una pava de agua caliente. Y aunque su búsqueda de aromas no se gesta en en el seno familiar, ella recuerda a su familia por los ricos perfumes.
Incluso, algunos de ellos la hacen viajar a nuestro país. “La receta de mi familia, o lo que ellos creen que es familiar, es el chipá. Ese es un perfume tan presente en bautismos, primera comunión, casamientos, etc. Aunque si tuviese que elegir un perfume que me trae a Paraguay es el azahar, es uno de los más únicos que hay”, comenta Berton.
Hace poco, BBC Mundo publicó un artículo en el que hace referencia a los aromas en peligro de extinción, como el de los libros viejos, y el importante valor cultural patrimonial que se pierde con esto. Inés afirma que esa pérdida está sucediendo y da como ejemplo la prohibición de las chimeneas en Europa.
“En Europa, las chimeneas casi no están admitidas, y no hay nada que hable más que los humos, porque en gran parte son el lenguaje de los perfumes. Si uno enciende la chimenea y coloca quebracho, espinillo y palo santo, crea un perfume. En San Isidro, Argentina, donde yo vivo, prender la chimenea es el aroma único de un domingo de invierno”, expresa.
Los aromas a los que siempre quiere volver son los de las especias, porque la reconfortan. Un arroz con leche con ramas de canela le hace bien; un campo de verbenas bien alimonadas y sentir la frescura del viento, también.
“Tuve la suerte de preparar un té para el Dalai Lama y de preguntarle qué significaba este para él. A lo que me contestó: ‘es el arte de ritualizar la hospitalidad’. Y hasta ahora no he encontrado mejor definición que esa”, concluye.