Por: Jazmín Ruiz Díaz
Papá, mamá, mi hermana y yo volvíamos de pasar el día en la pileta. De regreso a casa, pasamos todos por el cajero porque era día de pagos. Así que con la mezcla del sol y el cloro todavía en la piel, nos pusimos los cuatro en la la, que se sentía interminable. En eso, sale del cajero un amigo de mi padre, intercambian saludos y después de conversar un rato, mi papá nos presenta. Detestaba esos saludos a extraños, y como mis padres siempre fueron gente de muchos amigos, esto pasaba a menudo. Pero esta ocasión no la olvido.
Quizás porque reúne muchos recuerdos que me ponen melancólica: el estar los cuatro juntos, los días de verano que podíamos disfrutarlos adentro del agua, esos años que marcaron mi paso de la niñez a la adolescencia y la emoción de todos los cambios que iba experimentando. Quizás. Aunque, en realidad, es la conversación en la la del cajero la que se jó con tinta indeleble en mi memoria. Tras la usual presentación, el señor amigo de papá, en un intento de ser amable, nos mira a mi hermana y a mí y dice: “Felicidades. Las niñas les salieron lindas como la mamá, e inteligentes como el papá”. A lo que mamá responde rápidamente: “Y como la mamá también”.
Los tres adultos rieron, el señor amigo se despidió y nosotros seguimos esperando a que llegara nuestro turno en la la. Lo que para ellos fue una conversación banal, para mí significó una de mis primeras lecciones de feminismo. Mi primera referente, aunque ella no usara ese título, fue mi mamá. Las lecciones no me las dio a través de discursos. Ella siempre estuvo en las acciones, en los gestos, en su propia vida como ejemplo. Pero también, en las charlas sobre filosofía, en las clases de teatro, en las expediciones de shopping que siempre incluían una parada en la librería.
Ya pasaron más de 20 años de aquella anécdota. Pero siempre que pienso en los caminos que me llevaron a convertirme en la mujer que soy hoy, recuerdo esa anécdota. Y me siento fuerte y afortunada de la familia que me tocó. Hoy, las lecciones de empoderamiento sin marco teórico las sigue dando como abuela, siempre con la misma energía, y con la misma alegría. Y cuando veo a mi sobrina crecer libre y feliz, no puedo evitar pensar: “Salió linda e inteligente como la mamá. Y como la abuela también.”