Por: Micaela Cattáneo / @micaelactt
Hace ocho años, era estudiante del tercero de la media o “sexto curso de antes” (como ya lo estaría aclarando un boomer al leer esto). De esa época, recuerdo el despertador sonando a las 6 am y la posterior rutina a las apuradas para llegar a tiempo a la primera clase. Aunque, había días de la semana en los que no me tenía que preocupar tanto por llegar a las 7 en punto, ya que me salvaba un espacio denominado “la formación”.
La formación, generalmente, ocupaba los primeros 20 minutos de la mañana, donde – como su nombre lo indica – nos agrupábamos en fila por curso e intentábamos escuchar los avisos que el colegio tenía para nosotros, los estudiantes. En ese lapso, a veces se izaba la bandera, se cantaba el himno o hablaba la sor que ocupaba el cargo de directora (sí, colegio católico). Sin embargo, cuando no ocurría todo lo dicho previamente, había un profesor que hacía reflexiones sobre diversos temas con el fin de hacernos pensar y, justamente, potenciar nuestra formación.
En ese tumulto de adolescentes recién levantados, la atención no estaba cien por ciento activa. Aún así, el profesor Martín se paraba frente a todos y, con el micrófono en mano, empezaba su discurso con mucha convicción. En las últimas semanas, estuve pensando mucho en lo que una vez nos dijo en la formación: “Chicos, aprendan un oficio”.
No recuerdo textualmente las palabras que utilizó luego para explicar la frase, pero sí que hacían referencia a la necesidad de aprender un oficio como complemento a una carrera profesional. Si no me equivoco, argumentó que un título no siempre te asegura un puesto de trabajo inmediato, por lo que tener conocimientos de cocina, lavandería, carpintería, mecánica, electricidad, entre otras cosas, es una manera de salir adelante.
El profe Martín, que enseñaba materias vinculadas a las ciencias sociales, usó aquella vez este ejemplo: “Quizás, un profesional pierda su trabajo, por circunstancias de la vida, y le cueste conseguir otro en su especialidad, pero en la esquina del barrio siempre le van a ver al mecánico trabajando, porque el servicio que te ofrece alguien que se dedica a un oficio siempre es necesario”.
No sé por qué, pero hace un par de semanas esta enseñanza volvió a mi memoria e inevitablemente pensé en el contexto actual y en cómo este, lastimosamente, paralizó a muchos profesionales, entre ellos, incluso, los docentes. Asimismo, pensé cuánto más buscamos estos servicios durante el confinamiento.
¿Acaso el conductor de delivery no fue esencial para no salir de casa y cuidarnos?, ¿qué hubiésemos hecho sin los emprendedores de alimentos, carnes y frutas en general?, ¿no es verdad que desde el encierro empezamos a mirar más los espacios de la casa para que el electricista, el carpintero, plomero o pintor arregle todo aquello que teníamos pendiente?

Más allá del oficio

Los oficios no sólo pueden sacarnos de aprietos como fuentes de ingreso, sino que son tareas esenciales para el día a día del ser humano. Teófilo Alvarenga es ingeniero agrónomo y especialista en maquinaria pesada. Él enseña oficios a adolescentes en la Secretaría Nacional de Promoción Profesional (SNPP), donde se ofrecen cursos de todo tipo.
“Muchas veces, nos recibimos de ingenieros, arquitectos u otras profesiones donde no siempre hay mucha vacancia laboral. Por supuesto, al no encontrar un puesto de trabajo, nos sentimos desmotivados. Sin embargo, cuando uno – además de una profesión – tiene un oficio, puede defenderse y conseguir un ingreso económico”, sostiene.
“Lo que hacemos al aprender un oficio es desarrollar en un 80% la práctica y en un 20% la teoría, aspecto que no sucede en el sistema formal de enseñanza. En casa, aprendemos lo básico de este tipo de ocupaciones, pero estudiar un oficio nos ayuda a seguir el paso a paso, a entender la ruta crítica de esa especialidad. Por ejemplo, para instalar un foco debemos conocer al dedillo esta práctica, porque todo oficio tiene sus pasos a seguir”, agrega Alvarenga.
El instructor asegura que hoy en día los adolescentes se acercan hasta la SNPP para aprender un oficio con el objetivo de terminar sus estudios universitarios. “Lo que debe primar es la voluntad. Además, en el mundo laboral de hoy uno tiene que aprender más cosas que sólo el oficio. Es decir, ya no se trata sólo de aprender una tarea y esperar a que me busquen para trabajar. Hoy, uno tiene que ir al mercado laboral, y saber venderse como trabajador. La manera en que nos expresamos, nos paramos y caminamos; todas estas competencias, sumado a las habilidades blandas (como la honestidad, la iniciativa, etc.), son requeridas en el mundo laboral”, concluye.

La pandemia nos sigue enseñando

Hace ocho años, cuando ni siquiera todavía cumplía la mayoría de edad, pensaba que lo único que quería estudiar toda mi vida era periodismo. Hoy, con título en mano sigo apostando por mi formación en el rubro, pero ya no es lo único que me saca el sueño, porque si algo me (nos) enseñó el 2020 es que todo cambia en un segundo, que no hay que dar las cosas por sentado y que debemos aprender a adaptarnos a las circunstancias que se nos presentan.
Hoy, la frase “Chicos, aprendan un oficio” no deja de sonar fuerte en mi cabeza. Por eso, días antes de escribir este artículo, intenté contactar al autor de esta enseñanza, mi profe Martín Insfrán, para preguntarle si mantenía esta filosofía de vida. Después de mucho buscarle (porque se considera un ermitaño cibernético), esto me contestó en un correo:
¡Hola Mica, qué gusto saber algo de vos! Sí, aún mantengo esta filosofía, aunque nunca la apliqué, siempre me dediqué a la docencia, que es a la vez vocación, profesión y oficio. Pero conozco un montón de “titulados” que sé lo bien que les hubiera hecho si tuvieran un oficio para defenderse cuando no pudieran vivir de su profesión. Además, un oficio es más artesanal, algo que uno hace con “sus propias manos”, lo que convierte a un oficio en una actividad más humana; en un servicio muy útil a los demás”.
Foto: Arun SANKAR /AFP.