Por: Jazmín Ruiz Díaz
Estoy intentando escribir estas líneas desde el primer día que entendí que el distanciamiento social me estaba tocando. Si bien el bloqueo de escritora se convirtió en una parte de la rutina tan común como el hecho de escribir en sí, esta vez, se siente diferente: No se trata solo de no encontrar las palabras, sino de sentir que ya no son necesarias, que de repente nada es urgente ni inminente. Solo queda esperar. Quedarse en casa. Mantener la distancia.
El sacrificio parece menor para quienes cuentan con el privilegio de un techo seguro y una forma de pagar las cuentas a n de mes. Me encuentro entre las privilegiadas por ahora, pienso. Pero eso no me trae calma. La ansiedad no es algo que se elige. No se detiene porque así lo queramos... Hay días que aprieta fuerte el pecho. Los domingos, sobre todo.
A mí me tocó vivir la cuarentena en un país que no es el mío, lejos de mi familia, lejos de mis afectos. Aunque al final es lo mismo, lejos estamos todos en este momento. Es lo que nos toca. Y pienso de nuevo en que escribir siempre me salvó. Escribir es lo primero que hice cuando mi padre falleció. Escribí cada vez que me enamoré. Cada vez que me rompieron el corazón. Por eso, siento que es el momento donde lo que puedo y debo hacer para romper todas las distancias es ponerme a escribir con más fuerza y más ganas. Cuidando que las palabras me salgan lindas, porque es a través de ellas que hoy acaricio, toco, amo.
Pienso en la vida antes de todo esto. En la última vez que me abrazaron, que me besaron, que miré a alguien a los ojos. Trato de recordar cuándo fue la primera vez que escuché sobre el nuevo virus que había aparecido en alguna ciudad de China que desconocía. La verdad es que no lo recuerdo, la noticia no llamó mi atención. En ese momento, estaba más ocupada en mis propios planes: mi doctorado, mis relaciones, mis proyectos profesionales para el año. Entonces, no podía imaginarme que ese mismo virus sería el responsable de derrumbar todos esos planes en cuestión de días. Mucho menos que iba a afectar el modo en que nos relacionamos, ni que me obligaría a enfrentarme con el fantasma de la soledad.
Entonces, vivíamos en tiempos donde nuestras relaciones estaban mediadas por la tecnología. Eran relaciones donde primaba el contacto físico, fugaz, impersonal, casi tan falto de emociones como las apps que los propiciaban. Estábamos en grupos de Whatsapp donde hablábamos todo el tiempo, pero rara vez nos comunicábamos.
El ghosting se volvió una práctica común que sintetizaba como vivíamos nuestras relaciones personales: después de encuentros donde generalmente se ejercitaba el cuerpo pero no el sentimiento, era lo más fácil desaparecer.
Estábamos hiperconectados, viviendo relaciones “líquidas”. Y entonces, en cuestión de días, la vida como la conocemos cambió. De repente, estábamos dependiendo más que nunca de esa tecnología a la que culpábamos por deshumanizar las relaciones. Cuando nos pidieron que mantuviéramos distancia, empezamos a buscar con un instinto de supervivencia modos de entrar en contacto. Ante la imposibilidad del abrazo, volvimos a las palabras. Las videollamadas estaban colmadas de te quieros. El “cómo estás” dejó de ser una pregunta de mera cortesía. Nos animamos a levantar las barreras de la intimidad.
Tras el aislamiento forzado, en Wuhan se registró un récord de divorcios. También se habla de que nacerá una nueva generación de bebés concebidos durante la cuarentena. Y de parejas conviviendo separadas, que iniciaron un nuevo tipo de intimidad en el distanciamiento social. Todavía me parece que es muy pronto para hacer predicciones. Lo cierto es que no sabemos qué va a pasar ni cuándo se va a terminar esto, pero soy optimista en una cosa: Cuando nos exigieron que dejáramos de tocarnos, nos propusieron el desafío de encontrar nuevas formas de amar. El amor después del distanciamiento ya no será el mismo. A partir de ahora, nos lo tomaremos en serio.